Editorial Fantasma

Crónica de un sindicalista punk

Esta nota es un homenaje. Podríamos definir a Ricardo Ham de muchas maneras, pero vamos a usar la más representativa de lo que fue su vida: delegado sindical. Ricky aterrizó en la Capital Federal, desde su Entre Ríos natal, y de manera precoz se volcó en defensa de los derechos de los laburantes.

Por Ignacio Viñuales

Esta nota es un homenaje a Ricardo Ham. Podríamos definirlo de muchas maneras, pero vamos a usar la más representativa de lo que fue su vida: delegado sindical.

Ricky, en algún momento de principios del siglo XXI aterrizó en la Capital Federal, desde su Entre Ríos natal, y de manera precoz se volcó en defensa de los derechos de los laburantes.

Políticamente incorrecto, errático y con métodos muy poco convencionales empezó su carrera sindical como delegado de la sucursal de Coto en el Shopping Spinetto. Una de sus primeras medidas gremiales, casi que lo define íntegramente: al no obtener respuesta de la empresa al reclamo de ropa adecuada para los trabajadores, un día se presentó a trabajar en pijama.

Esto no sería más que una graciosa anécdota si no se la pusiera en contexto. El Sindicato de Empleados de Comercio (el de mayor volumen de América Latina) y su cúpula no veían con buenos ojos al delegado rebelde. Un pibe del interior contra la burocracia profesionalizada en su máxima expresión.  Y así empezaba un enfrentamiento contra “la banda” de Cavalieri que duraría años, teniendo su punto crítico en el 2009 cuando el grupo que respondía a Ramón Muerza, por aquellos años ladero de Cavalieri (que no había sido emancipado por su jefe político, Alfredo Coto), le dio una golpiza en ocasión de un Congreso del Sindicato, al punto de dejarlo inconsciente y con varias lesiones. No es motivo de esta nota el sindicalismo, pero tampoco podemos excluirlo. Fue en la Comisión Interna de COTO Spinetto, sucursal donde Richard trabajaba, que se volvió un problema para su empleador y para el propio sindicato. Porque era un delegado osado, descarado y sin ningún otro objetivo que defender a sus trabajadores y trabajadoras. Porque a Ricardo le importaba un carajo tener un kiosco, manejar guita o escalar en el sindicato. Le importaba solamente defender a los laburantes. Y con el correr de los años, fue lo que hizo. Una lógica política impredecible lo encontraba en cada supernercado tomado o en conflicto, ya sea con el Sindicato, con organizaciones de izquierda o movimientos sociales, bancando reclamos efímeros para la conducción sindical, pero esenciales para la vida de los afectados: algo realmente incomprensible para la distancia que impone la superestructura sindical.

Mientras cosechaba apoyo de laburantes y delegados inorgánicos, cosechaba enemigos y causas judiciales. Primero, por supuesto, lo echaron de la empresa. Pero la Justicia laboral ordenó la inmediata restitución en el puesto, fallo que COTO ignoró. Después, fue condenado por hostigamiento: una berreta justicia de la ciudad sin capacidad de dar la más mínima respuesta a absolutamente nada desde su creación, lo consideró culpable de hostigar a la jefa de Recursos Humanos. Dicen, la Fiscalía y los abogados de COTO festejaban el fallo abrazados. El motivo originario del conflicto, por supuesto, era el reclamo que llevaba adelante la Comisión Interna del Spinetto para evitar los traslados y despidos de personal a los fines de apaciguar el foco rebelde. Meses después, el conflicto escaló e involucró directamente a Alfredo Coto, quien denunció a Ricardo por el delito de amenazas nuevamente en la Justicia de la Ciudad. Sí, Alfredo Coto. Uno de los empresarios más importantes del país, que aparte del poder que su posición implica, no podría considerárselo una persona susceptible de ser amenazada. Años después, fue procesado porque se le encontraron en un galpón “227 granadas, 41 proyectiles de gases, 27 armas de fuego y 2 de lanzamiento, 3.886 municiones, 14 chalecos antibala, 22 cascos tácticos sin número visible, un silenciador y 9 escudos antitumultos.” Pero para la justicia, el delegado rebelde era el peligroso.

Pasaron los años, y nada había cambiado en la vida de Ricardo. Atendiendo pequeños reclamos, escuchando afiliados, tomando café con quien sea que le escribiera para contarle su problema laboral, fuere del gremio que fuere. Eso era para él el sindicalismo. Desbocado, podía forrear en un asado a importantes dirigentes políticos y gremiales por llegar en autos caros y con chófer: “yo también vengo en Mercedes Benz y con chófer, el colectivo me dejó acá en la esquina”. No existía la condescendencia ni la reverencia para nadie. Excepto para sus compañeros y compañeras.

No pretende esta nota ser más que un homenaje a un militante, un delegado todoterreno, un distinto que resultó incomprensible en el micro mundo sindical por su desfachatez y su accionar anárquico. Una construcción política circular en defensa de trabajadores sin aspiraciones personales que le ponía los pelos de punta a los poderosos. Previo a las reñidas elecciones en el Sindicato de Comercio, en las que se enfrentaron las listas de Cavalieri y Muerza, este último obscenamente apadrinado por Alfredo Coto, tuve la suerte de cruzarme con Ricky por la calle.

– Ahora estoy con el gitano.
– ¿Estás loco? Te peleas con ese tipo hace veinte años.
– No importa amigo, prefiero al gitano que a Muerza. Nunca voy a estar con la patronal.

Ese era Ricky. Pragmatismo caótico en defensa de los trabajadores, desde el lugar que estuviera. Como Michael Corleone reflexiona en Cuba, después de ver inmolarse a un defensor de la revolución cubana: “Al soldado se le paga por pelear, y al rebelde no”. “¿Y eso qué te indica?” pregunta descolocado un empresario. “Que pueden ganar”. Eso hizo Ricky. Ganó. Ahora, toca descansar amigo. Hasta pronto.

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